Origen de la danza oriental

La primera vez que el hombre primitivo baila lo hace para expresarse, para comunicarse con lo divino. Las artes son el producto de esta ancestral necesidad humana de exteriorizar sentimientos y anhelos. Así también los orígenes la danza oriental fueron rituales. Esta danza no es sino una de las más tempranas manifestaciones artísticas del ser humano, arranca de los tiempos del predominio de las sociedades matriarcales y pasa por el Egipto prefaraónico del V milenio a.C., dejando valiosas pruebas arqueológicas en las que los movimientos de la danza oriental quedan patentes.

Ya los antiguos mitos hablaban de este baile, como en el de la danza de Ishtar, de aproximadamente seis mil quinientos años de antigüedad, urdido como explicación al ciclo natural del paso de las estaciones del año y que relata la danza de la diosa babilónica, inspiración de tantas coreografías de siete velos. Vestigios nos llegan también desde el Egipto de los faraones, hallados en dibujos jeroglíficos, testimonios coloristas de danzas debidamente coreografiadas y preparadas.


Es en los fastuosos palacios otomanos donde encontramos el siguiente hito en el desarrollo de esta danza. De entre la multitud de divisiones que conformaban los fastuosos conjuntos arquitectónicos otomanos, destacamos aquí el papel de los harenes. Tal y como su etimología indica -arim, del Árabe clásico, “mujeres”-, estos lugares estaban reservados a las féminas, que en aquella época eran consideradas pertenencias, símbolos de poder y riqueza. Las que residían en estos ambientes eran esclavas y en su mayoría extranjeras adquiridas mediante tratos comerciales. La gran oleada de extranjeras llegó a la zona entre los siglos XV y XVIII, y existía una verdadera y concienzuda preparación del oficio de aquellas que habitaban el harén. Llegaban para servir como esclavas en los palacios, lo que consistía en bailar, cantar y entretener a los califas. Las esclavas eran valoradas basándose en sus conocimientos artísticos. De modo que para ellas, el baile era ya una actividad sumamente artística y no tanto ritual.

Con la caída del dominio otomano, el consiguiente desmoronamiento de los harenes contribuyó al enriquecimiento de los bailes callejeros. En las calles, las mujeres aprovecharon en las calles el precioso conocimiento adquirido durante sus vidas, como fuente de supervivencia y forma de vida; bien las “gawazies” (“gitanas” para los egipcios), bien las “chengis” (gitanas turcas), preservan y profesionalizan entonces dicha danza. Durante esta fase, el movimiento de los círculos pélvicos adquiere más fuerza, mezclándose elementos de distintos folclores, para satisfacer la necesidad de comunicación inmediata. La danza adquiere un refinamiento rítmico conseguido por el aislamiento de miembros superiores e inferiores, trabajando cada parte con energías diferentes.

Es en 1888, cuando una bailarina danza por primera vez el baile tradicional de Egipto en Francia y la danza oriental empieza a conocerse en Occidente. Es de aquí de donde a la Danza Oriental se le apareja el sobrenombre de “danza del vientre”. Este término es un nombre exclusivamente occidental, que proviene de los movimientos percibidos por los espectadores. En la lengua árabe se llama “Raqsa Sharquia”, que quiere decir simplemente, “Danza Oriental”.

A partir de entonces cuando deja de ser tan sólo un elemento ritual árabe, y se empieza a reconocer como una manifestación artística internacional.

La danza oriental nació como expresión humana, y para devoción divina. La bailarina dividió su cuerpo en dos para fusionarse con la tierra y conectar con el divino, y no tan sólo el cuerpo, su propio espíritu artístico se dejó llevar por dos ritmos diferentes y técnicamente controlados, la percusión de su cadera llamando y despertando a la misma tierra y la suavidad de sus miembros superiores hacia el cielo, ofreciendo lo mejor de sí, su emoción a la divinidad.

La danza ritual se hizo también arte, se profesionalizó en palacio y a pie de calle, se vistió con influencias enriquecedoras…y el eco del ritual se mantuvo.

TEXTO: PATRICIA PASSO