Vivencias de la India

"El desierto es una hoja de papel en blanco, con infinitas posibilidades, es como el inmenso océano, desconocido. Impone muchísimo respeto. Allí entre la arena, los colores de las faldas y de los velos de las gitanas resplandecían. Hablan cantando, se mueven danzando. Allí no existía separación entre arte y vida, el arte es la propia vida.

Aquello me hizo remontarme a cierto momento de mi pasado, cuando trabajaba dando clase en las escuelas públicas de los suburbios de Río de Janeiro, a las comunidades desfavorecidas. Intentaba hacerles creer que existía la posibilidad de una realidad diferente. La de recrear la realidad, la de transformar nuestro universo imaginario en realidad. Para aquellos niños trabajadores y conocedores de una opresión social tan extrema, la percepción del universo paralelo del arte no era posible. No podían imaginar. Habían perdido la capacidad de soñar.

Pero en la comunidad de los gitanos de Rajastán, las condiciones de supervivencia, aunque muy parecidas, no caracterizaban una vida oprimida en este caso. La danza es su realidad. El resto, supervivencia. Fue un choque con los parámetros de la realidad que yo conocía.

Imaginé que éste podía ser el origen; la danza como necesidad de expresión de la naturaleza humana. El movimiento inherente al cuerpo humano. Entonces me planteé: ¿Por qué mi realidad es real? ¿Qué es real? ¿Dónde entra el arte en todo esto?.

Simultáneamente, estudiaba en un templo una de las danzas clásicas más antiguas de la India, Odissi, bajo la tutoría del maestro Padam S. Cheer. Me convertí en su discípula. Mis días se dividieron entre las clases de Odissi, basadas en una compleja y sólida sistematización, llena de minucias y absolutamente precisa, por las mañanas. Y la libertad del movimiento gitano, alegre y placentero, displicente, que nacía como parte del ritual de lo cotidiano de esta comunidad, componía mis tardes.

Realidades distintas, pero una vida inmersa en la danza. Una necesidad vital de comunicación corporal, dado que el contacto se establecía básicamente por la vía del cuerpo. Durante dos meses me sobraron las palabras. De hecho, es realmente complicado intentar plasmar aquí todo aquello. Lo vivido se quedó grabado en mi registro corporal. Había comprendido el mensaje elevador del conocimiento.

Después de mi primer viaje, necesité volver a la India otra vez. Me costaba creer que aquello que había vivido allí era real. El regreso fue como si nunca me hubiese ido. Me acogieron en la comunidad como una integrante más. Me estimuló la idea de integración. ¿Cómo pueden reconocerme como una más si soy tan diferente? ¿Somos realmente diferentes, o los principios fundamentales de la danza trascienden barreras culturales? El arte puede ser fruto del entorno en el que se crea, pero es también un lenguaje universal.

Experimenté de nuevo el sumergirme en el universo del desierto del Thaar, que me acogía como un granito de arena más. El proceso de aprendizaje de la danza clásica de la India seguía desarrollándose y me encantaba percibir la relación de entrega y devoción a una técnica. Es el sentido unificador de la danza, así como la percepción de una filosofía de vida oriental claramente diferente de la nuestra."

Patricia Passo